El 1 de enero de 1567, Felipe II, tras recomendación de la Junta de Teólogos de Madrid, firma la entrada en vigor de una serie de decretos que habían sido dictados en 1526 por la propia Junta de Teólogos, encendiendo de este modo la mecha que haría estallar la revuelta.
Los decretos habían estado paralizados tras una prórroga de 40 años otorgada por Carlos V, a cambio de 10.000 ducados, pagados por los dirigentes moriscos, que serían destinados a la construcción del palacio renacentista del monarca castellano que hoy se contempla en el recinto de la Alhambra nazarí.
Su contenido, una pragmática dirigida a anular por completo cualquier signo de identidad cultural y tradición de origen musulmán: ritos, danzas y bailes, perfumes, baños, vestidos, utilización de la misma lengua árabe hablada y escrita y todas las tradiciones moriscas que reflejaran en definitiva el ser andalusí.
Estas medidas vienen derivadas del triunfo de la política contrarreformista y confesional en la Corte de Madrid, avalada por el ascenso político de don Diego de Espinosa, Presidente del Consejo de Castilla, que tendría en Granada, en la persona de Pedro de Deza, nuevo presidente de la Chancillería, a su persona de confianza.

En la Navidad de 1568, en la noche del 25 de diciembre, se produce el levantamiento de los moriscos andalusíes contra el poder castellano. Sería un conflicto largo y sangriento con orígenes complejos. Pero, ¿verdaderamente fueron sólo razones de índole religioso o costumbristas las que provocaron este alzamiento?
En el año 1502 habían empezado las primeras conversiones forzosas. Los moriscos habían ido sufriendo un incremento de las confiscaciones de sus bienes por parte de la Inquisición, así como una enorme presión fiscal, pagando alrededor de 40.000 ducados anuales en concepto de servicios especiales, que servían para financiar las tropas castellanas y mantener en suspenso los decretos de aculturación.
Desde 1560, los ataques del corso turco-berberisco se habían multiplicado en las costas del reino granaino y ello acrecentaba el miedo a una posible colaboración turco-berberisca-morisca andalusí.
De modo que la imposición de los decretos bien pudo ser una medida para evitar ese posible colaboracionismo que pusiera en peligro la hegemonía del poder castellano.

La guerra siguió varias fases. La primera tuvo lugar en la comarca montañosa de la Alpujarra, poblada mayoritariamente por moriscos, que coronaron como rey a Hernando de Córdoba y Válor, con el sobrenombre de Aben Humeya.
En el lado castellano, mientras que en el flanco almeriense el marqués de los Vélez dirigía una campaña especialmente violenta, en la Alpujarra granadina el marqués de Mondéjar intentaba conciliar medidas represivas contra los más radicales, con una política de negociación y pactos con los más moderados, buscando aprovechar la división dentro del conjunto de los propios moriscos. Por ejemplo, los alpujarreños no consiguieron levantar a los acomodados moriscos del Albaicín.
La campaña se alargaría más de lo esperado, por las características del terreno, propicio para la guerra de guerrillas, con escaramuzas y emboscadas, por la extrema violencia de la represión castellana que no haría sino prender nuevos focos para la revuelta, y porque la estrategia de Mondéjar chocaría de frente con las imposiciones del presidente de la Chancillería, Pedro de Deza.
La siguiente fase del conflicto con un recrudecimiento de los enfrentamientos vino de la mano de dos hitos fundamentales.
Por un lado, Felipe II no podía consentir la internacionalización (con el apoyo turco-bereber, antes comentado, a la rebelión morisca andalusí) para lo que confió el grueso de las tropas del tercio procedentes de Italia a su hermanastro don Juan de Austria, nombrándolo general en jefe del ejército real.
Por otro lado, Aben Humeya, que buscaba negociar una rendición ventajosa fue asesinado por los líderes más radicales moriscos, que pasaron a confiar en su primo, Aben Aboo.

Tras victorias de uno y otro bando, pero fundamentalmente del lado castellano en el altiplano granadino, la guerra llegaría a su fin en 1571, tras el asesinato de Aben Aboo el 13 de marzo de ese mismo año, a manos de los que fueron inicialmente sus valedores. En esas fechas, la sed de venganza y revancha de las tropas cristianas asoló con campañas de saqueos y asesinatos las diferentes poblaciones moriscas.
Era el fin de la rebelión.
Las crónicas de Luis de Mármol Carvajal, Diego Hurtado de Mendoza y Ginés Pérez de Hita, nos han transmitido como se trató de una verdadera guerra civil donde se radicalizaron los odios acumulados entre los cristianos viejos y los moriscos, una población mayoritaria pero marginada y explotada, y tachada por los cristianos viejos de falsos cristianos y colaboradores del Turco.
Se sucedieron las matanzas de cristianos viejos y las masacres de moriscos. Granada aconteció como convidada de piedra a la contemplación de miles de muertes en su seno y a la destrucción de gran parte de su territorio en los más de tres años de guerra. Finalmente, se decretó la expulsión de los moriscos a otros territorios castellanos, siendo deportados en masa.
Pese a una repoblación ínfima con cristianos viejos, la despoblación de Granada dejaría una huella imborrable tras la expulsión de sus moriscos andalusíes.

Y todavía quedaría un paso más en la avergonzante represión de la nueva clase dominante castellana que había provocado aquella revuelta a base de imposiciones y de la asfixia fiscal. Entre 1609 y 1613, Felipe III ordena por decreto la expulsión de los moriscos andalusíes de todo el territorio de la España que había visto la luz como Estado con el reinado de Felipe II.
Otra cosa es que se consiguiera.
Fuentes: Identidad e Imagen de Andalucía (Documento Universidad de Almería)/ Artículo de Antonio Jiménez Estrella (Profesor y Doctor -Departamento de Historia Moderna y de América de la Universidad de Granada) / Foto portada: L’expulsió dels moriscos (1894), Gabriel Puig Roda